martes, 26 de enero de 2010

Terciopelo Negro


El trasiego de muebles, bultos, innumerables cajas con libros y demás objetos que se acumulan con el paso de los años, estaba en su apogeo.

Las mudanzas de mi nómada vida eran siempre un dolor. Pero esta vez, curtida ya en la feliz disciplina del desapego, suponía una reafirmación en mis convicciones. Deshacerse de lo viejo y recibir el nuevo espacio, el aire diferente de otro lugar era un pensamiento que me llenaba de fuerza.

A pesar de eso, sabía que en algún rincón de la casa que abandonaba se escondía agazapada alguna nostalgia, algún capítulo del pasado escrito en un objeto, para olvidar o para releer.

Con esa seguridad me dirigí al desván. Revisaría las cosas de las que me desharía y cuales seguiría conservando.

“Esto si, esto no”…

Los criterios para realizar esta labor dependían de mi estado de ánimo y en esta fase de mi vida valoraba por encima de todo “el menos es más”. Sin embargo había un pequeño baúl con determinados objetos que siempre arrastraba conmigo y de los cuales me costaba separarme: mi primera minifalda, el sombrero raído de mi abuelo, mi primer plumier de madera, la muñeca pelona, la colección de postales, una caja con flores secas… y la chaqueta de terciopelo negro de mis años universitarios.

Allí estaba echa polvo, con las hombreras rozadas por los abultados bolsos, los bolsillos dados de sí y las coderas desgastadas. Sus arrugas eran líneas en las que leer las mil historias en las que me acompañó.

La tomé en mis manos, la apreté contra mi cuerpo y sentí su olor a patchouli, a calle, a viejo…

En las pequeñas motas de polvo que brillaban al rayo de sol que entraba por la claraboya se disipaban asambleas en paraninfos, reuniones clandestinas, manifestaciones ilegales, cargas de la policía, horas de biblioteca, exámenes y la evocación de Ángel, amigo del alma en su Ducatti 250 cc., vino a mi mente como a la casa de la que nunca partió.

Él también tenía una chaqueta de terciopelo negro a la que me agarraba fuerte cuando me llevaba en su moto a la facultad desde el trabajo que compartíamos en una escuela de los suburbios, o cuando los domingos enfilábamos La Castellana para llegar a los conciertos matinales del Teatro Real y a la salida comíamos en un chino de Pacífico, para al acabar irnos hacia los colegios Mayores que siempre ofrecían una buena programación cultural en aquellos tiempos sedientos, en aquella sequía franquista.

Esa moto que tantas alegrías nos dio y que un mal día acabó con su vida en una carretera, lejos de todos nosotros. Si, los dioses aman a los mejores, por eso se los llevan consigo y nos dejan huérfanos de su luz.

Con los ojos húmedos por el recuerdo de esta pérdida que marcaría mi vida, doblé la chaqueta acariciando en ella todas aquellas experiencias meridianas, acariciando la cintura de Ángel a la que me agarraba fuerte cerrando los ojos, dejándome llevar al cielo, donde seguramente estaba leyendo toda la poesía, toda la filosofía que aquí no tuvo tiempo de leer.



2 comentarios:

Rita Palma dijo...

Parabéns pelo blog e pela arte!

非凡 dijo...

I'm appreciate your writing skill.Please keep on working hard.^^